La terapia sexológica con adolescentes y jóvenes.

Escrito por Ana García Mañas el Miércoles, 19 Octubre 2016 Publicado en Sexología y Terapia de Pareja Lecturas: 2113

Una de las intervenciones más bonitas en sexología es el trabajo con adolescentes y jóvenes.

Habitualmente, los profesionales llegamos a ellos a través de talleres de educación sexual que se imparten en sus institutos y colegios. Son sesiones educativas en las que se presenta la sexualidad como un valor a cultivar y podemos atender sus dudas, ayudarles a resolverlas y normalizar sus miedos y preocupaciones. Lo más habitual es que con esas pequeñas píldoras educativas, la adolescencia transcurra sin problemas, pero en algunas ocasiones, es necesaria una intervención más a fondo.

terapia sexológica con adolescentes y jóvenes

Los jóvenes también vienen a consulta

Cuando recibimos la demanda de un chico o chica joven, trabajamos teniendo en cuenta algunas de sus peculiaridades.

Para ellos y ellas, muchas de las situaciones que están viviendo son sus “primeras veces”, y, como tales, son vividas con mucha intensidad. Un enamoramiento se percibe como algo que no va a cambiar jamás, una ruptura puede vivirse de forma desgarradora, aunque se trate de una relación a nuestros ojos efímera. Una crítica en el instituto es aterradora, un desacuerdo puede parecer el fin de una relación…

Y es que los jóvenes son diferentes, y de nada nos va a servir tratar de explicarles que cuando crezcan, ya se les pasará. Que ya lo entenderán más adelante o que con la experiencia de vida aprenderán a relativizar y a sufrir más proporcionadamente. Desde nuestros ojos de personas adultas expertas, puede parecer que la cosa está clara, pero no se ve así cuando se tienen 15, 17 o 19 años.

Algunas claves que nos ayudarán en nuestra consulta con jóvenes

Respetar sus tiempos

Cuando se tienen pocos años de vida “a la espalda” el tiempo que queda por vivir parece eterno. Las personas jóvenes suelen tener prisa para resolver los asuntos que consideran importantes, y es de gran ayuda poder ofrecerles, por ejemplo, rapidez para obtener una cita. Recuerdo una adolescente que venía muy enfadada a la consulta porque para recetarle la píldora, le habían dado cita para el ginecólogo en dos meses. “¿!Dos meses!?” Decía, “¡en dos meses yo a lo mejor ya no tengo novio!

No interferir en sus prioridades

En ocasiones, las personas jóvenes tienen multitud de dificultades y quieren solucionar la que nosotros pensamos que es menos urgente. Puede ser el caso de una chica que viene para conseguir llegar al orgasmo y que se encuentra en una relación en la que existe violencia, o un adolescente que quiere resolver su dificultad de mantener la erección justo cuando acaba de dejarle su pareja. Negociar los objetivos de las sesiones es una parte fundamental del proceso de asesoramiento tanto con jóvenes como con personas adultas, y aunque nos parezca una locura empezar la casa por el tejado, tenemos que respetar aquello que nos proponen porque es para lo que en ese momento se encuentran preparados. Es importante no forzarles a trabajar asuntos que no quieren abordar. Para no resultar invasivos, habrá que sugerir o visibilizar aquello que a nosotros, como profesionales, nos preocupa, pero nunca priorizar más nuestra visión que la suya.

No mirar con ojos de adulto

Ciertas conductas pueden parecernos excesivamente infantiles o pasotas, sobre todo si las moramos desde donde nosotros nos encontramos. Pero no es así para ellos y ellas. Cuando les notemos preocupados por algo que aparentemente es una tontería, merece la pena revisar si estamos atendiendo al adolescente desde nuestro estereotipos y prejuicios o somos capaces de ver a la persona que tenemos delante. Cuando sistemáticamente llegan tarde o faltan a las citas, nos están diciendo algo, cuando miran el móvil mientras hablan con nosotros en consulta, también nos están comunicando algo. Puede que tengan miedo a hablar o a profundizar en lo que les sucede, o puede que sea un amanera de evitar el contacto con sus propias emociones. Resulta sumamente interesante indagar sobre estas actitudes sin regañarles, intentando comprender verdaderamente para qué les está sirviendo eso que hacen, y no molestarnos por ello ni tomárnoslo como algo personal contra nosotros o como un indicador de que nuestra intervención no está funcionando.

No patologizar sus experiencias

Es frecuente que los profesionales acostumbrados  a tratar con adultos perciban la adolescencia como una patología en sí misma. El enamoramiento puede asemejarse a un trastorno bipolar o ciclotímico, las rupturas, a depresiones profundas, el desafío, a incapacidad de empatizar, la vehemencia, a un pensamiento excesivamente rígido… pero la adolescencia no es un trastorno, no se “cura” ni necesita tratamiento ¡y mucho menos farmacológico! Es una etapa que puede ser complicada en algunos casos, pero que en otros transcurre tranquilamente. En esa tranquilidad tenemos que ver mucho los adultos que nos encontramos cerca de ellos y los mensajes que les damos sobre su propia actuación.

No “echar la charla”

¡Por supuesto! Es fundamental que su terapeuta no sea uno más que le regaña por aquello que hace mal. Ese no es nunca nuestro trabajo. Además, probablemente las broncas y regañinas sean bastante frecuentes en otros ámbitos de sus vidas durante la adolescencia (el familiar. El educativo…) y si es así, necesitarán aún más alguien que confíe en ellos y les valore tanto como para dejarles equivocarse sin reprenderles por ello. Solamente así conseguirán aprender a ser autónomos y a asumir responsabilidades.

No utilizar el recuerdo de nuestra propia juventud como referente

El pensamiento puede ser casi automático: “cuando yo era joven…” Nos parece que nosotros éramos más listos, leíamos más, veíamos menos televisión, jugábamos más con otros chicos y menos a los videojuegos. Nosotros nunca nos quedamos embarazadas sin querer, nunca nos involucramos en relaciones tormentosas, nunca hacíamos daño ni desobedecíamos a los mayores… lo que ocurre, simplemente, es que eso no es cierto. Mirar hacia atrás es más fácil siempre que transitar una temporada complicada, pero seguro que nosotros también hicimos algo mal. Los jóvenes de nuestra generación no tenían videojuegos, pero a lo mejor bebían y fumaban más que los de ahora. Quizá leíamos más, pero hablábamos menos idiomas, y así podemos pensar en muchos ejemplos… además, cada adolescente es diferente, y actualmente muchos de ellos leen, se preocupan, juegan, hacen deporte, hacen voluntariado y leen las noticias. ¿A esos no los contamos?. Los jóvenes que “vemos” dependen de los ojos con los que queramos mirar a la juventud.

Proporcionar modelos flexibles y satisfactorios

El mundo necesita modelos diferentes para salir de la encrucijada en la que nos encontramos respecto a “lo sexual”: hay que visibilizar todas las formas posibles de ser sexuado, las infinitas maneras de relacionarnos que podemos llegar a encontrar y la gran diversidad que existe en cuanto a prácticas y actividades eróticas. Se puede desear de muchas maneras, se puede disfrutar de mil formas, pero en los medios de comunicación no suelen aparecer muchas de las personas o maneras de ser y hacer que existen en la realidad. Por eso, en la consulta, es útil nombrar que todo eso existe, y además darle valor, pues en la diversidad es donde reside la riqueza.

En mi libro “Cómo trabajar en sexología con adolescentes y jóvenes” propongo herramientas sencillas y útiles para abordar las consultas de sexología con ellos y ellas, pues tras más de 12 años de trabajo con jóvenes, he llegado a la conclusión de que son quienes más capacidad de cambio tienen en la consulta. Son divertidos, ocurrentes y muy innovadores ¡Es un lujo poder atenderlos! Los profesionales que trabajan con ellos asumen el reto del aprendizaje constante. Se trata de un trabajo lleno de estímulos y muy gratificante. Ampliar nuestra formación hará que les perdamos el miedo.

Acerca del Autor

Ana García Mañas

Ana García Mañas

Profesora de Asesoramiento sexológico y Proyectos de intervención en educación sexual. Tutora de prácticas.

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