La importancia de expresar las emociones

el Jueves, 25 Julio 2013 Publicado en Práctica Clínica Lecturas: 18482

Culturalmente entendemos por normal, el actuar desde la racionalidad, desde el pensamiento. Desde ya hace unos cuantos siglos, lo usual es operar desde lo que nos dicta la razón. De esta manera, hemos ido quitando peso y oportunidad a poder exteriorizar también aquello que sentimos, aquello que forma parte de nuestra parte emocional. 

La importancia de expresar las emocionesAdemás, es cierto que a nivel social, hay ciertas conductas emocionales que “no están bien vistas”, que no están aceptadas del todo (como por ejemplo: llorar). Es muy común que, una persona que necesite desahogarse, y comience a llorar reciba un comentario del que le escucha tal como: “no te preocupes hombre/mujer, no llores”. Sin embargo... ¿se nos ocurre decirle a una persona que está asistiendo como público a un monólogo: “no te rias”?  Las emociones negativas han tomado el carácter de signo de debilidad, de poco control, etc. y esto hace, por lo tanto, que el ser humano, tienda a reprimirlas, a controlarlas, esconderlas (ya que, no están aceptadas o vistas como normales dentro de la sociedad). De hecho, en consulta, me ocurre con frecuencia que, cuando un paciente comienza a relatar acontecimientos o pensamientos que tienen una carga emocional importante para ellos (y por consiguiente lloran), suelen pedirme disculpas (“perdona por haberme desahogado llorando de esta manera”). Fijaos hasta dónde llega la necesidad de control de este tipo de reacciones, que, hasta se llega a pedir disculpas por exteriorizar las emociones.

También, hay un matiz en cuanto a la relación que tienen las emociones con el género de las personas. Afortunadamente vamos cambiando esta forma de pensar, pero, desde hace muchos años, se cree que, la mujer siente, y el hombre piensa. Por lo tanto, al hombre, todavía más, se le “obliga” a reprimir aquello que siente. Recordemos si no, una famosa canción que decía: “los chicos no lloran tienen que pelear...”.

Es un gravísimo error pensar que las emociones deben ser controladas. Exteriorizarlas, expulsarlas, sacarlas fuera, es algo que se convierte en una necesidad para el ser humano (recordemos lo perfecto que es nuestro cuerpo humano, todo lo que sucede en nosotros, sirve para algo; el cuerpo- la mente son unos perfectos reguladores de nuestra balanza interna, y deberíamos escucharnos más y controlar menos). No dejar que las emociones fluyan puede hacer que nos lleve a padecer enfermedades físicas y psicológicas típicas tales como psoriasis, úlceras, alopecia, tensiones musculares, adicciones, insomnio, problemas alimentarios, cefaleas, migrañas, cáncer, gastritis, problemas cardiovasculares, depresión, ansiedad, compulsividad, trastornos sexuales, etc.

Estas patologías serían esa voz de alarma, esa señal que, desde dentro, emite el cuerpo. Es la forma de avisarnos que tiene (la manera de decirnos que, algo, no lo estamos haciendo bien). Las emociones que experimenta el cuerpo, no son nada más ni nada menos que energía, y una vez se produce, si no se canaliza bien, esta energía no se destruye, sino que, lo que se produce es una transformación de la misma. No olvidemos que, cuando hablamos de emociones, estamos hablando de reacciones que se producen de manera instintiva, y ésas forman parte de nuestro modelo de comportamiento. Por lo tanto, algo que siempre comento en consulta, es que, es muy positivo atenderlas, escucharlas, analizarlas; pues, éstas son una preparación para responder ante diferentes situaciones. Por ejemplo, estamos en el trabajo, y empezamos a sentir impotencia, rabia, miedo y dolor por unas situaciones que se han creado desde hace unos días. Imaginemos que nuestra compañera nos va chafando todo aquello que le exponemos a nuestro jefe y además, nos enteramos de que empieza a hacer comentarios feos sobre nuestra persona.

La importancia de expresar las emocionesEsta rabia, esta impotencia y este dolor, nos están indicando que hemos llegado a nuestro límite de aguante. El miedo nos indica la necesidad de seguridad, de control (para la mayor parte de las personas, la conservación de su puesto de trabajo, es, hoy en día algo fundamental). La frustración, en este caso, nos indicaría que tenemos necesidades no atendidas, tales como ser asertivos y poder hablar (dialogar, nunca discutir), con esta compañera de trabajo y poder llegar a unos acuerdos o pactos para que todo fluya mejor en el espacio de trabajo. La impotencia suele ser signo de falta de capacidad para llevar una conducta a cabo. Es por esto, que, cada emoción, hay que escucharla, atenderla, analizarla y aprovecharla para cambiar todo aquello que esté en nuestras manos. Así que, la reacción correcta en este caso, sería (desde el modelo de las habilidades de comunicación, sociales y de asertividad), informar de aquello que no nos gusta, expresar cómo nos sentimos al respecto y proponer unas alternativas o un cambio al respecto.

Obsesión por el control

Lo que comúnmente intentamos hacer es, controlar. Volviendo al ejemplo anterior, el error sería controlar esa rabia, esa impotencia, ese dolor. De esta manera sólo logramos intensificarlo un poco más. Controlar tiene un efecto muy placentero al inicio, ya que nos alivia de inmediato del mal que sufrimos, pero, a medio-largo plazo, no sirve para nada, incluso, como mencionaba anteriormente, lo que habremos hecho es empeorar la situación. En ocasiones, hay pacientes que acuden a consulta con la sensación de que algo no les va bien, con la seguridad de que, podrían estar mejor pero hay algo que les impide ser felices completamente. Suele costar varias sesiones el extraer las emociones o confictos que se han podido quedar sin resolver, o guardados intencionadamente en su “baúl de los recuerdos”. Pasa así también con los duelos mal cerrados. No hay que olvidarse de lo necesario que es también en este tipo de ocasiones, el hilar bien un proceso como el duelo, ya sea por la pérdida de un ser querido o por el término de una relación, etc. Así que, invitaremos siempre que nos encontremos frente a un paciente con un duelo mal cerrado, a destapar esas heridas, y poder elaborarlas bien.

Hay algunos tipos de terapias que utilizan para estos casos, la metáfora de un pozo con el agua estancada. El agua estancada sería evidentemente la emoción. Esa agua termina contaminándose, y afectando a otra agua limpia que podamos meter en él. También se hace la metáfora del tsunami, el cual arrasa con todo aquello que se encuentra por su paso. Así son las emociones negativas; si les damos rienda suelta matan otro tipo de emociones positivas que podamos albergar en nuestra mente, pues devastan todo aquello con lo que se encuentran. Así que, como metáfora en pro del aprendizaje para expresar las emociones, podríamos utilizar un rio, en el cual, hay un tramo principal por donde fluye toda el agua, pero, este rio tiene a lo largo de su recorrido varios afluentes pequeños, de forma que, si sobra agua,  podemos tener un lugar por donde eliminarla, sin alterar el curso ni el ritmo de nuestro cauce.

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