Cuando nos Falla el Concepto de Masculinidad

Escrito por Iñaki Lajud el Jueves, 03 Abril 2014 Publicado en Sexología y Terapia de Pareja Lecturas: 20559

En el terreno sexual, la masculinidad tradicional establece que los hombres somos seres hipersexuales, siempre dispuestos al encuentro erótico con alguien del sexo opuesto. O a veces ni eso, ya que “en tiempos de guerra, cualquier agujero es trinchera”. La exigencia que establecemos entre hombres para tener siempre una erección a punto, dar los orgasmos a la mujer, saber más de sexo que el resto, aguantar más y hacerlo mejor, lleva a menudo a vivir el encuentro sexual como un examen, no sólo sexual, sino de la propia hombría, con lo que se desarrollan disfunciones sexuales como la pérdida de erección, eyaculación precoz o fobia sexual.

MasculiniddNo existe una única manera de ser hombre. Pensamos que solía ser bastante simple definir qué es un hombre: era un líder, un ejemplo de fuerza y orden en un mundo caótico. Los hombres eran fuertes. Eran mandatarios, gobernantes. Incluso CREABAN los gobiernos y las normas. El mundo era vasto y peligroso, se necesitaba fuerza y poder para mantenerlo a raya. Los problemas eran claros y simples; la biología nos asignaba todos los roles de género que la sociedad reforzaba. Había claras distinciones entre qué era masculino y qué era femenino, y estas normas se nos pasaban de padre a hijo generación tras generación. Pensamos que vivíamos en una era mucho más simple, y una sociedad mucho más simple.

Pero la verdad es que incluso en la época de Platón encontramos quejas de cómo la juventud se está corrompiendo, que ya no respetan a los mayores, añorando tiempos mejores.  Tendemos a idealizar y suavizar el pasado, pero carecemos de la perspectiva mental para asumir que no hemos aprendido a adaptarnos a las incógnitas de nuestra identidad.

En muchos hombres hay una sensación de pérdida de masculinidad, y cada vez está más extendida la idea de “crisis” de la masculinidad; esta crisis viene a definir la sensación de angustia cuando pensamos quiénes somos como hombres y qué deberíamos estar haciendo.

La crisis de lo que significa ser masculino

Hoy en día los roles rígidos de género cada vez son más difusos y los referentes masculinos cada vez más escasos. Los roles tradicionales se van perdiendo: la figura de “cabeza de familia” tipo Antonio Alcántara no se encuentran o están mal vistos. Es más, cada vez hay más madres solteras criando a sus hijos. Y la imagen masculina por excelencia, transmitida en anuncios y cultura popular se aleja del hombre grande-rudo-peludo de los 70 y 80; para dejar paso a un hombre lampiño, atlético, delgado, que se cuida... un tanto más “femenino” que su predecesor.

Esta supuesta crisis de lo que significa ser masculino en nuestra sociedad en parte tiene que ver con no haber sido capaz de adaptarse suficientemente rápido a la realidad social compleja y al paradigma de género que nuestra sociedad (y las mujeres desde hace medio siglo) plantean. Con la progresiva aceptación y normalización de la homosexualidad, la educación en igualdad de género, la ampliación de roles… el nuevo posicionamiento de la mujer frente a la sociedad obliga a los hombres a buscar también un nuevo lugar desde el cual relacionarse.  Obviamente, en este lugar se encuentra una renovada identidad masculina. 

No hemos perdido mucho en realidad, es solo que estamos tardando en adaptarnos a la realidad social.  Lo que sí ha cambiado es que ya no está bien visto ser machista, y ahora las mujeres son nuestras iguales más que nunca en la sociedad, lo aceptemos o no.

Masculinidad

¿Qué significa "ser hombre"?

Existe una subcultura masculina en la que se establecen unos estándares de qué significa “ser hombre” prácticamente imposibles de alcanzar y que ésta choca con la necesidad de  cuestionar la cultura patriarcal machista que ha imperado a lo largo de siglos. Supone evolucionar tanto en lo personal como en lo social, supone madurar en lo emocional y conseguir librarse de las obligaciones machistas imperantes para el modelo de masculinidad tradicional. En estos días ser hombre supone, construir una nueva identidad que permita tener relaciones igualitarias, con las mujeres y también entre los hombres, se trata de dejar de lado esa supuesta potencia que caracteriza al varón tradicional.

Hoy en día ser un hombre significa replantearse el modelo de masculinidad imperante, lo que en muchas ocasiones supone vivir en un dilema, el dilema por ejemplo de querer vivir con una mujer autosuficiente, liberada e independiente, pero a la vez que presten apoyo incondicional a sus necesidades y deseos masculinos, cosa que por otro lado no es incompatible, aunque en ocasiones lo pueda parecer. Estos sentimientos de ambivalencia, acompañan a todas las personas en sus procesos de crecimiento, por lo que es de suma importancia ser plenamente consciente de ellos y del modo en que nos afectan, son síntomas de que la llegada de una nueva masculinidad está llegando. Probablemente los varones en su camino por llegar al nuevo concepto de masculinidad, tengan que pasar por situaciones tan ásperas, como las que sufren  las mujeres para poder conseguir lo que ahora tenemos, y lo que nos queda por conseguir.

Frases como “no tienes cojones”, “donde te has dejado los tampones” o “devuelve tu pene” se utilizan como ataque directo a la masculinidad de un hombre, y por tanto a su identidad masculina.  La hombría es una posición relativamente inestable que hay que ganarse una y otra vez, demostrando ser aptos para formar parte de esa categoría. Si hacemos esto cientos, miles, millones de veces a lo largo de una vida... se convierte en un hábito tan interiorizado que perdemos la conciencia de quién somos realmente y por qué hacemos lo que hacemos.

Se establece por lo tanto una dinámica de “mantener el poder” y el estatus frente a otros hombres primero, y una vez que interiorizados estos valores, también se pasa a mantener el poder frente a las mujeres. La forma más común de establecer ese poder es a través de la violencia y a la amenaza de violencia (esto es, estar dispuesto a utilizarla), ya sea con un tono de voz más alto interrumpiendo, usando lenguaje agresivo, agarrando a otra persona o directamente denigrándola. 

¿Eres suficientemente hombre?

Esta competencia por ser el más hombre lleva a la incapacidad de confiar en otras personas, especialmente en otros hombres. Porque somos los otros hombres los que mayoritariamente desvalorizamos a alguien que no es “suficientemente hombre”.      

Michael Kauffman observa que “las formas en que los hombres hemos construido nuestro poder social e individual son, paradójicamente, la fuente de una fuerte dosis de temor, aislamiento y dolor para nosotros mismos”. De estas características surgen diversas inseguridades incompatibles con el estereotipo masculino de fuerte, insensible, valiente. Esta contradicción convierte la misma identidad de género en una paradoja imposible. Cuanto más queramos parecernos al estereotipo, más frustraciones tendremos, más tensiones internas generaremos, que tarde o temprano habrá que canalizar hacia algo o alguien.

Masculinidad

Podríamos decir que si hay un factor interno que define masculinidad tradicional, sería el miedo. Miedo a no ser hombre suficiente. Miedo a mostrarse afeminado/femenino, a que otros hombres nos “quiten el carnet de hombre”, a no ser el macho alfa, a que se cuestione nuestra identidad de hombre.

Hay un interesante estudio de la Universidad de California (Berkeley) en la que ponen a prueba la Tesis de la Sobrecompensación Masculina: cuando un hombre ve amenazada su masculinidad, tiende a compensar  con actitudes más “típicamente masculinas”.  Se hacía una devolución aleatoria acerca de su identidad de género, y los hombres a los que se les decía que eran femeninos reaccionaban con expresiones de agresión, homofobia, apoyo a la guerra de Iraq, e interés en comprarse un todoterreno (así como el deseo de avanzar en jerarquías de dominancia). No hubo efectos significativos en mujeres a las que se les decía que eran masculinas.

De manera similar el estudio de la Universidad de South Florida encontró que los hombres a los que se les obligaba a trenzar pelo mostraban mucho más deseo de pegar un saco de boxeo, y pegar más fuerte que los que trenzaban cuerdas. Los hombres a los que no se les dejaba pegar el saco y debían hacer un puzzle, exhibían más niveles de ansiedad e intranquilidad por no haber podido reafirmar su masculinidad.

Vivir con esa constante sensación de inseguridad, con la mosca detrás de la oreja por no ser suficientemente masculino, lleva a los hombres a reaccionar desproporcionalmente por miedo a que otros detecten sus carencias. La sociedad ha creado hombres tan inseguros respecto a su propia masculinidad que sen ve obligados a demostrarlo constantemente.  ¿Y cómo se demuestra? La mayoría de las veces “arrebatándosela” a otros.

En el terreno sexual, la masculinidad tradicional establece que los hombres somos seres hipersexuales, siempre dispuestos al encuentro erótico con alguien del sexo opuesto. O a veces ni eso, ya que “en tiempos de guerra, cualquier agujero es trinchera”. La exigencia que establecemos entre hombres para tener siempre una erección a punto, dar los orgasmos a la mujer, saber más de sexo que el resto, aguantar más y hacerlo mejor, lleva a menudo a vivir el encuentro sexual como un examen, no sólo sexual, sino de la propia hombría, con lo que se desarrollan disfunciones sexuales como la pérdida de erección, eyaculación precoz o fobia sexual.

Va siendo hora de que salgamos de las exigencias de la masculinidad tradicional, puesto que nos hace daño a nosotros mismos, a otros hombres así como a nuestras parejas. Ese concepto tan restringido de hipermasculinidad nos ha fallado. Y si nos negamos a reconocerlo nos seguiremos fallando a nosotros mismos, a nuestras relaciones sexuales y a los vínculos que nos gustaría mantener.  Tengamos sexo, parejas y amigos “emocionalmente seguros”, en donde la hombría sea algo inherente a nosotros mismos y no algo que haya que demostrar. En donde prime la risa, la confianza, y la autenticidad.

Es hora de convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.

Acerca del Autor

Iñaki Lajud

Iñaki Lajud

Docente del Máster de Sexología y Terapia de Pareja AEPCCC Madrid

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